Dulces sueños sobre ruedas


La tarde está en el ocaso y un cielo rojo pinta el horizonte. Al acercarnos al destino nos cruzamos con un montón de coches que marchan, dejando sitio para nosotros como si nos dieran el relevo. Notamos las miradas de curiosidad que nos dedican al cruzarse, adivinando que ese parking que acaban de dejar se transformará en una tranquila explanada donde pasaremos noche. Nos encanta el entorno de los monasterios. 


Seguimos subiendo por la carretera y en seguida un viejo cartel nos da la bienvenida. En el parking solo quedan un par de coches rezagados y una perfilada con matrícula francesa. Apuesto a que se trata de unos jubilados con perrito y ropa de Quechua. Buena gente. 



Siempre me he preguntado por ese “efecto imán” que empuja a las autocaravanas a juntarse en los estacionamientos. No obstante, me alejo un poco y aparco tratando de ceñirme a las líneas del suelo. Antes de parar ya noto que estamos ligeramente inclinados de la parte trasera, y es que mi mujer tiene la teoría de que he desarrollado un sexto sentido en el culo, como una especie de nivel que me hace detectar la menor inclinación. Lo considera una manía, así que soporta con paciencia mis indicaciones de “cuidado que tiro para atrás” mientras subo a los tacos. Hace años discutíamos por estas cosas y yo siempre acababa diciendo: “mira, si pusieras aquí una canica se iría hasta aquella esquina ¿no lo notas…?”. 



Si, igual soy un maniático. 

Tras parar el motor empieza nuestra coreografía acostumbrada. Bajo a echar un vistazo al sitio, doy una vuelta al vehículo y saludo a los vecinos si los hay. En este caso, al ser franceses intuyo que estarán durmiendo desde hace tres o cuatro horas. Silvia mientras tanto cierra los remis y empieza a sacar cosas de la nevera. Cuando vuelvo, una breve conversación: 

- ¿Te gusta el sitio? 

- Si, es muy tranquilo, vamos a estar bien. 

- Mira a ver si se pilla la tele 

- Voy… 

Luego me calzo las zapatillas de felpa y a cenar. Por cierto, siempre me pregunto por qué los filetes de pollo empanados saben mejor en la autocaravana que en casa ¿lo habéis notado? 

Tras recoger y fregar, hacemos turnos para usar el baño. 

- ¿Has bajado la calefacción? 

- Si, la dejo al tres 

- ¡Ostras, qué frío está el edredón!... 

Justo antes de quedarme dormido escucho las campanas del monasterio tañendo en la noche, me parece la música más evocadora del mundo. Aún así echo de menos otro sonido que me hace abrazar el edredón y dormir como un niño: el de las gotas de lluvia cayendo sobre el techo. Pero es verano, ya tocará. 

Buenas noches amigos



Antonio